Jesús Menéndez, hombre sin muerte

Era 22 de enero de 1948. Cuba vivía momentos de miseria y explotación. Manzanillo, bañado por el mar y la historia, es escenario de un suceso cruel. Aquel hombre esbelto de piel oscura y corazón bravo no pudo esquivar la muerte. Joaquín Casillas Lumpuy, “capitán del odio”, le arrebató la vida, a sus 36 años de edad. Cuatro disparos retumbaron en el viento y El General de la Cañas cayó asesinado. Su guayabera blanca y toda Cuba se tiñeron de rojo y dolor.

Jesús Menéndez Larrondo, defensor de la clase obrera azucarera, era motor de lucha contra injusticias y desmanes. Nació en una pequeña finca, minúsculo sitio llamado La Palma, en el municipio villaclareño de Encrucijada.

Sus canciones de cuna fueron tonadas mambisas; sus cuentos infantiles, los relatos del abuelo Doroteo, quien tenía alma insurrecta. El padre, Carlos Menéndez, se enroló, aún adolescente, en la tropa de Antonio Maceo, se fue a Occidente cuando la Invasión y regresó con los grados de Capitán.
La pujanza patriótica parece ser herencia de su familia. Jesús nunca defraudó. No soportaba la maldad y soñaba con la felicidad de los cubanos. Sus ojos transmitían la fuerza de un joven rebelde y el odio a una tiranía que extendía la miseria sobre el pueblo. No podía ser de otra forma.
“Éramos muchos en la casa para que alcanzara el pan para todos, el hambre entre tantos suma desesperación. Y me fui un buen día a vender mi fuerza de trabajo (…) Creo que si me corto las venas, corre por mi sangre un río de guarapo amargo”, confesó el líder de la Federación Nacional de Trabajadores Azucareros (FNTA) en cierta ocasión.
Su origen era humilde, jamás perdió la sencillez, ni olvidó sus raíces. Amaba la literatura revolucionaria, la historia de Cuba y la gesta francesa de 1789. Fue líder y educador de toda una generación de dirigentes obreros.
Caballero de valor
Su actividad revolucionaria lo llevó en dos ocasiones tras barrotes de frías celdas… Pero ni la cárcel ni las torturas encontraron flaqueza en este hombre. Se incorporó a las luchas sindicales con solo 18 años, en el antiguo central Constancia, y al primer Partido Comunista de Cuba en 1931.
La labor de Jesús Menéndez favoreció el primer convenio colectivo de trabajo, la creación del retiro azucarero, el Decreto 117 sobre el régimen salarial, que estableció aumentos de sueldos, la participación obrera en las negociaciones de zafra, el Decreto sobre la higienización de los bateyes en los centrales y la clausura de garantía que viabilizó el pago del diferencial azucarero. Como parlamentario de la Cámara solo podía ser detenido por acuerdo del congreso.
Blas Roca, Secretario General del primer Partido Comunista de Cuba de 1934 a 1961, expresó: “Jesús Menéndez fue ante todo un hombre de Partido. Fue un gran líder sindical. Tenía condiciones personales de inteligencia, sagacidad, coraje, decisión y ejecutividad para ello. Sabía convencer y entusiasmar, impulsar y dirigir a las masas”.
Huellas de una fatalidad
Cuentan que aquel fatídico 22 de enero de 1948 en la estación de ferrocarril manzanillera, el capitán Joaquín Casillas Lumpuy le dijo: “Tiene que acompañarme al cuartel”.
A lo que Jesús respondió:”Parece que usted no se da cuenta de que soy representante a la Cámara y que no puedo ser detenido”.
Faltaban unos minutos para las 8.30 de la noche. El sicario quiso sujetarlo por el brazo, pero Menéndez no lo permitió: “Lo siento capitán, pero ya le dije que no puedo acompañarle”.
Caminó unos pasos por el andén. El criminal se recostó en la escalerilla, sacó su pistola y disparó. Luego vociferaba: “Te dije que ibas vivo o muerto, Menéndez”.
El líder sindical recibió los impactos por la espalda. Cayó al suelo. El “capitán del odio” le quitó la vida, pero no lo mató.
Ni las ideas ni el ejemplo desaparecen jamás. Jesús Menéndez vive. El representa a los héroes, a los trabajadores del cañaveral, de la casa de ingenio y de los bancos de escogida cafetalera. Sin más enseñanza académica que la de los cuatro primeros grados elementales de la escuela pública, ascendió desde el central azucarero hasta el Parlamento burgués y los congresos internacionales para defender los intereses de su clase y de su pueblo, para combatir sin flaquezas a la oligarquía, al imperialismo.

Tomado de http://www.lademajagua.co.cu

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